viernes, 2 de octubre de 2020

El heredero enmascarado

  Desde 1968, canal trece emite “El Zorro”, un éxito inoxidable que soportó cambios de horario y cancelaciones ante una audiencia que se mantiene fiel todos los findes de semana. El clásico de los mediodías cuenta la historia de Diego de la Vega, un hacendado que simula no tener aptitudes de combate, pero que cuando alguien lo necesita se convierte en un esgrimista experto dispuesto a defender su pueblo.


El actor interprete del héroe, Guy Williams, llegó a Argentina en 1973 como parte de una gira internacional. Buscando a un compañero de espadas que estuviese a su nivel para poder realizar presentaciones, se encontró en GEBA al joven campeón de esgrima, Fernando Lúpiz. Pocos podían saber que en esa reunión iba a nacer una amistad que traspasó fronteras y generó a un sucesor digno de portar la icónica capa negra. 


 “Tenía 19 años y me llamaron de canal trece, era un halago para mí poder estar cerca del Zorro” recordó Fernando Lúpiz sobre su colega, a quién acompañó en más de 750 shows por todo el mundo. Inicialmente, el argentino interpretaba al Capitán Monasterio, villano del programa. Como parte del espectáculo, los sables que se usaban eran reales y no contaban con protección, es por eso que se necesitaba a un entendido en el asunto. 


 Años más tarde y aprovechando la juventud de Lúpiz, se buscó hacer la película “El Zorro y su hijo”, financiada por Palito Ortega, pero con los múltiples cambios en la producción nacional, la misma se canceló. Aun así, el guión del proyecto puede verse en el Museo del Cine de Buenos Aires. Pero la gira seguía vigente. “Tengo recuerdos maravillosos, realmente me trató como a un hijo” rememoró el actor argentino.


 Además de todos los momentos inolvidables juntos, Fernando Lúpiz es el actual poseedor del traje completo. “Se apareció con un bolso en mi cumpleaños que tenía toda su ropa de verdad: antifaz, capa y faja”. Pero eso no fue lo único. A lo largo de la filmación de la serie, Williams montaba un caballo negro conocido como Tornado, que después de caer por un barranco y ser sacrificado, se tuvo que reemplazar por otros dos animales. Lo que siempre siguió vigente fueron sus estribos, que ahora descansan en la Ciudad de Buenos Aires.


 Más allá de la amistad, Guy Williams tenía otros motivos para volver a la Argentina. “Estábamos haciendo una presentación en Mar del Plata por la temporada de verano. Venían amigos míos de todos lados a saludarme” relató Lúpiz. “Teníamos un carromato especial y nuevito hecho por los hermanos Segura, un vestidor con living donde descansábamos y jugábamos al dominó. Vino Araceli con su tapado de zorro, entró al camarín y entre abrazos, se miraron y listo. Después se separaron de sus respectivas parejas y vivieron 7 años juntos” fue la descripción del esgrimista sobre el flechazo entre su amiga y el héroe. 


 Ese fue el momento en donde el estadounidense conoció a su último amor, Araceli Lizaso. Se vieron por primera vez en 1978 y él se mudó al barrio de Recoleta para estar más cerca, donde estuvo hasta su muerte, once años después. “Fue un tipo muy calmo y estudioso, tenía un humor más privado y una postura para agradarle a la gente. Se enamoró del país y de la seguridad, ya que se iba caminando desde su departamento hasta Nuñez a la una de la mañana” describió Lúpiz. 


 Tras dos temporadas de 39 capítulos de media hora cada uno, el 2020 marcó el aniversario 101 del icónico personaje en una Argentina que ya adoptó al “Zorro” como patrimonio cultural y demostró a través de la eterna amistad entre Guy Williams y Fernando Lúpiz, que es este último el “heredero enmascarado”. 

jueves, 24 de septiembre de 2020

Un museo de la realidad estadounidense

  En mayo de 1999, el programa Weekend All Things Considered de la Radio Pública Nacional invitó al escritor Paul Auster a hablar de la publicación de su libro “Tombuctú”. Al terminar la transmisión, le preguntaron al autor si quería ser un colaborador regular leyendo alguno de sus cuentos. Pero a su mujer se le ocurrió otra idea: que los relatos los escribiese la gente y que él eligiera los mejores para leerlos en la radio. Así nació “Creía que mi padre era Dios”, una recopilación de los escritos de una sociedad.


Cuando uno apenas entra a una radio siente electricidad. No del estilo “seguramente muera electrocutado”. Sino como si la expectativa volara en el aire. Toma asiento, se acomoda los auriculares, ajusta el sonido, alinea el micrófono y espera. Espera hasta que el cartel gigante que dice AIRE se encienda. Pueden pasar minutos, incluso segundos, y esa energía que hay pasa al cuerpo, dando esa sensación de piel de gallina y nerviosismo. Y cuando la adrenalina pareciera ebullir, el programa empieza.


 Estas son algunas de las sensaciones que tiene una persona cuando entra a un estudio radial, pero para el escritor multipremiado Paul Auster el entusiasmo no pasaba solamente por estar en un programa y presentar su vuelta al género de la novela en ese 99’ movido, sino por el proyecto que estaba por empezar. El conductor Daniel Zwederling le ofreció ser un colaborador regular, algo que al principio no le interesó ya que le costaba seguir el ritmo de su propio trabajo. Pero que luego cambió de opinión cuando durante la cena de ese mismo día, su mujer Siri Hustvedt, le propusiera incluir a los oyentes y que las historias nacieran de ellos.


 Luego de una reunión con los productores del fin de semana en Washington DC, sede de la National Public Radio (NPR), la propuesta se transmitió el 3 de octubre para que el público enviara relatos verídicos y breves, que fuesen narraciones reales que al leerlas sonaran como una ficción. No importaba si las personas tenían o no experiencia al escribir, sino que interesaba más que exploraran sus vidas en busca de esa anécdota que merecía ser contada. El esfuerzo colectivo transformó a esta idea en el “Proyecto Nacional de Relatos” y a la semana de empezar, Paul Auster ya tenía 4 mil cuentos para seleccionar 


 La casa familiar Auster en Brooklyn, Nueva York, se vio inundada de manuscritos, mecanografiados e impresos del correo electrónico. Se elegían entre 4 o 5 para pasar en el programa dentro de un bloque de 20 minutos que el mismo autor leía. Las voces llegaban de todos partes de Estados Unidos y todas tenían algo para decir. Pasados unos meses de la primera lectura, se dieron cuenta que el proyecto había excedido cualquier tipo de expectativa y que lo que sonaba en la radio era sólo una fracción de lo recibido. 


 Se escogieron 180 relatos memorables y se pasaron a otro formato, uno más tangible: el libro. Llamado como uno de esos cuentos, “Creía que mi padre era Dios” es una antología editada por Paul Auster y colecciona fragmentos de la cotidianeidad norteamericana que mezcla a personas de todas las edades, sexos y clases sociales. Está dividida en diez categorías según la temática del escrito: animales, objetos, familias, disparates, extraños, guerra, amor, muerte, sueños y meditaciones. Es imposible que las historias resulten indiferentes y que el lector no lo lea sin derramar una lágrima o soltar una risa. 


 Así es como los oyentes se transformaron en lectores y acompañaron a una pequeña Mary Grace Dembeck arrastrando un árbol de Navidad en la historia “En memoria de mi padre”, sintieron la cachetada en la cara de Carol Sherman Jones cuando escribió “Una lección no aprendida”, recibieron de la Segunda Guerra Mundial al tío vivo de Robert Winnie en “Creia que mi padre era Dios” y reflexionaron con Ameni Rozsa sobre el poder de la radio en el último texto del libro “Una tristeza común y corriente”. Estos son algunos de los relatos en 608 páginas de viajes, donde de nación a nación se congela la vida de estos escritores amateurs en un museo de la realidad estadounidense.